La posición que habito es completamente incómoda. Tanto que siento que partes del cuerpo empiezan a cosquillearme.
Está casi tan vinculado, lo que sucede en el cuerpo, con lo que acaece en el resto de la tríada (léase cuerpo, alma, mente)
Siento que un hemisferio de la mente lo tengo avasallado de menesteres que no puedo cumplir. Uno y otro no engranan muy bien ultimamente...
Y así con el alma. Esa que nos hace brillar u opacar todo lo que nos rodea con una impertinencia que estremece.
Por eso me permito dejar a un lado a Benjamin y sus teorías. No llego a recordar absolutamente nada de lo que me cuenta, no porque no sea interesante, ¡no me malinterpreten!, sino porque simplemente en este momento sigue de largo delante de mis ojos todo su saber.
Sinceramente este estado se asemeja más bien a una especie de purgatorio insurrecto, posmoderno, habitado por un montón de basuras tecnológicas que alimentan su letargo y lo vuelven eterno...
La música suena fuerte y alta. La luz estuvo muy blanca y después se volvió tenue.
La sombra de la mano mientras escribo es similiar a una araña negra de diez patas, danzando con otra que parece competir en velocidad.
Ruidos de ascensor. Gritos.
Sí... mis vecinos siempre pelean. Gritan y dejan su puerta entreabierta sosteniéndola con un caballito inflable al que parecen salirsele los ojos cada vez que le aprieta su gordo vientre la puerta de madera.
Pienso que me gusta escribir. Me gusta demasiado la lectura pero ultimamente no estamos siendo muy buenas amigas. Ella está pudiendo confesarse pocas veces en mi regazo, mientras yo casi ni puedo escucharla... supongo que esto influye en que estemos compartiendo tan pocos momentos juntas. Insistiré insoslayablemente con esa relación. Siempre que la concilio, termino con una sonrisa enorme en el rostro.