Me despierto.
Me levanto.
Pongo la pava.
Hierve y en el momento que la pava hierve, abro la lata de café.
Me levanto.
Pongo la pava.
Hierve y en el momento que la pava hierve, abro la lata de café.
Ese olor que emerge de la lata, que
empieza a inundar mi pequeña cocina y que cuando las partículas de
agua atraviesan el café, se vuelve vapor, vapor con aroma de café
amargo recién hecho que se escapa de la cafetera, me encanta.
Disfruto súbitamente el momento en el
que, ya con mi taza servida, vuelvo a la cama, levanto la persiana de
la puerta balcón y tapada con un acolchado mullido acerco la taza a mi boca
y el vaporcito del café empaña mis anteojos.
Pego el primer sorbo, mientras leo.
Veo el balcón, veo el cielo, veo las
palomas posadas en los cables de telecentro, cablevisión, edesur y
todas las empresas que cuelgan cables de los postes para que a su vez
las palomas se cuelguen de los cables.
Pienso a su vez que en todos los
lugares del mundo, debe haber algún pájaro, llámese paloma o como
sea que se llame, que se pose en algún poste, de algún servicio, de
alguna red de cables en la que se dejan apoyar para luego volar con
otras miles de aves.
Pienso en la cantidad de aves que deben
estar cruzando el cielo mientras yo solo disfruto de un sorbo más de
café y de ese vaporcito caliente que mi nariz inhala mientras que mi
boca absorbe.
Miro a mi alrededor.
Te sonrío a vos en algún lugar.
Me sonreís hasta cuando no estás e involuntariamente me pierdo un montón en tu cielo.