Empiezo a tener unas disitabundas y meliciosas ganas de sobrepasar algunos limites extracotidanos.
Contemplé
tu mirada desde algún rincón, de algún bar, de alguna calle y en algún
país, deslizándome suntuosamente por los avatares de tu espalda,
canturreandote melodías saranderas al oído y empezando a visualizar a lo
lejos un atardecer morbosamente colorado. Olías tanto a carne, a carne
viva, a piel, a sudor dulce, dulce melón - durazno - pera. O todo junto y
manoseandose los olores.
Yo no sabía si posarme en tus ojos, en
tus labios o en tus oídos. Por momentos deseaba profundamente que te
dieras vuelta y me vieras la cara. Por momentos me escondía más, para
ser solo un susurro de tu sombra y que solamente pudieras percibir el
olor a menta fresca - limon que te hacía entrecerrar los ojos tan
dulcemente.
Cotoneabas el cuerpo casi tanto como la mente, que
bailaba una danza lenta pero densa, que se dejaba entrever de un color
cálido.
Te sentía tan distantemente cerca que me estrepitaba
Sabía
que de alguna forma ibas a percibir que te estaba mirando. Tal vez con
tu silencio, tal vez con tu tensión muscular sumamente innecesaria. Tal
vez con esa especie de tocecita absurda que soltabas un poco sin querer.
Tal
vez no y yo me sentía más acentuadamente importante de la cuenta.
Decidí bajar la vista y seguir pensando como escribir una historia desde
lejos.