miércoles, 4 de agosto de 2021

La Vidriera de Coral


 


Conocí a Shelley una tarde, en su taller de arte. Habíamos quedado ahí para probar unas pinturas que había comprado para el armado de la escenografía de una obra. Ella es más joven que yo. Tiene apenas 22 años. Shelley es el nombre que se puso cuando empezó a hacer murales, es lo que podemos decir “su nombre artístico”.

 Me enamoré de ella en el primer momento que la vi. Creo que me pasa eso con las mujeres jóvenes en general, me atrae algo de ese olor suave, la piel tersa y vibrante. La sensación de experiencia y sabiduría en todas las cosas pero a la vez, la ingenuidad profunda de la mirada. El brillo pícaro e inocente de la perspicacia. Así era ella. A veces me quedaba atontada mirándola. Escuchando lo que decía o queriendo satisfacer todos sus caprichos de loba. Una noche, me propuso tomar MD en una fiesta en el río. Una fiesta de amigues, que estrenaban una película en un happening en su casa de campo. Tomamos. Eran las cuatro de la tarde, salimos de mi casa para allá. El viaje en auto fue hermoso. Yo hacía poco salía a la ruta a manejar y nada me liberaba más que salir a la ruta a manejar. De chica, quería ser como Carola Cassini. Pilota de carreras, casi no es visible el femenino en piloto de carreras. Eso pensé. La fiesta fue lo más increíble que hubo en el mundo. Gente muy cool, exponiendo, proyectando, bebiendo, hablando. Temprano, niñes corriendo por un campo verde y húmedo, un sol radiante de primavera. La pileta decorada con flores grandes, naturales, flotando. Y globos, conformas y colores a tono, todos en una gama cálida y envolvente. Al caer la noche las familias se fueron de la instalación y quedamos les cool sin hijes. Shelly se movía como una ninfa drogada entre la gente, hermosa, seductora, sonriente, artista, La miro y pienso no tiene idea de quién es, no se ve.

Se acerca me besa hondo y dulce, ya el MD estaba haciendo efectos y los colores empezaban a brillar cada vez más aunque el sol bajase lento. Bajaba lento en su cara, en sus pestañas, en su tacto. Nos abrazamos, ella es piscis y huele a patchouli como mucha gente piscis que conozco. Me abraza con más intensidad y me aprieta los glúteos con afán. Yo en principio me quedo, recibo, después veo que nos miran. No nos miran mal, nos miran con anhelo, como cuando sos chiquite y mirás una vidriera donde se exhibe un bello juguete. Eso somos para el resto, un bello juguete, en una vidriera de coral.

Una vez terminada la ceremonia del abrazo el tacto se amplifica y yo la veo. En malla y shorcito enfrente mío, oliendo a patchouli con una pirita colgando, me mira y se ríe Me dice Durga te quiero chupar ahora y yo le digo vámonos.

Vamos al auto.

 Le gusta. Nadie entiende por qué a veces pienso que le gusta que nos vean o al menos correr el riesgo de-qué-pasaría-si-nos-viesen. Me levanta el vestido y me corre la malla. Siempre me dice que le gusta como sabe el Hawaiian Tropic en mis piernas. Me lo dice, se ríe, me acaricia con una lentitud que me derrite y cuando me ve cómo estoy, abre mínimamente la boca y se dibuja una frutillita perfecta, hermosa, roja y carnosa en su cara. Extasiada entre sus dedos y me pide que así,  como estamos, arranquemos el auto.

- Ahora Lolita, arrancá, nos vamos amor- . Yo le digo sí ok. Sin despedirnos de nadie, salimos del estacionamiento cerca del río. El sol ya estaba bajando entre los árboles y la oscuridad encendía las estrellas. Ella casi no me suelta mientras yo, temblando enciendo el motor poniendo las llaves, despacito pero pisando rápido el acelerador.

Encaramos la ruta, ella baja la ventanilla y yo prendo una tuca de un porro poniendo música. Se la paso, le da una calada honda y me lo devuelve.

- Somos Thelma y Louise - me dice,

- ¿de quién huimos amor?

- De nosotras mismas- 
le contesto. Yo siempre me escapo de mí, es algo que me gusta.

Me saca el porro de los labios, fuma, me toca de nuevo y en ese momento se tira en mi entrepierna mientras yo, acelero lo más que puedo. Creo que nunca, jamás, me excité tanto en mi vida, cuanto ella más se hundía en mí, yo más me hundía en la velocidad de la noche.

Hundió su cara en mi entrepierna con una vehemencia poderosa mientras yo iba por la ruta en la noche cerrada a ciento veinte. La ruta vacía, la música estallada en el auto completaba la escena, el camino era largo y abierto, aunque solo nuestras luces iluminaban la noche cerrada y oscura. 

No ví el árbol. Ni la curva, ella menos. Estaba subsumida en mis sensaciones, escapándome como siempre, de mí misma.

lunes, 1 de febrero de 2021

Tenis Club


 

Tu falta de pasión me da ganas de estrangular la aorta de un pollo, de que cruja entre mis brazos porque no puedo entender cómo, ante tanta entrega de amor sin escrúpulos empezás poniendo trabas. Vos y tu cuerpo son dos cosas diferentes. Y yo pienso, de mí misma, por qué sigo escarbando donde sé que no voy a encontrar más que la sombra de una mosca tornasol que se retuerce en una baba de jugo de manzana que dibuja un mapa anárquico de Europa sobre una mesa bien bien de plástico blanco, de esas de local de Lumilagro, pero puesta al lado de una pileta con reposeras rayadas con blanco y un color: amarillo pongamoslé, con caños metálicos blancos y sombrillas de colores vibrantes.

 

¡Ah! El verano, cuando chapoteabamos en la pileta y gemíamos fuerte, mucho, a la luz del sol. Yo ahora acá tan podridamente romántica y vos ahí preguntándome qué es el atardecer con gusto a protector solar.

 Yo, la yo ficcional, trata de transformar esto semiosis para que se vuelva infinita de algún modo ramdom y deje de estrangularme la garganta. Quiero besarte y darte un sopapo con hielo líquido en las manos al mismo tiempo, que todo lo que tenga que ver con el tubo laríngeo se vaya bien a cagar, junto con la paja mental de la heteronorma y todo lo preestablecido de dos divorciades que tienen miedo a vincularse. No sé si de esto va a salir amor, pero sé que ahora que escribo un diario de nosotres (en realidad de mí, con vos) me siento mejor.

 

Un día que dormimos juntos soñé que volvíamos a ese bar, que escuchó tantos argumentos muertos disfrazados en prosas de bocas flojas, chamuyeras por el alcohol, que yo misma representé alguna vez.

Encontrábamos a una chica rubia con los dientes separados y el pelo carré y un novio misógino. Creo que hay algo que compartimos y es el síndrome del seductor empedernido.

 

Yo te gané, nos fuimos juntas. Después nos encontramos de nuevo en Estado de Israel y casi iba a amanecer, ella me charlaba en la calle, tenía unos zapatos rojos acharolados bajitos y vos venías con un gorro de lana gris en la cabeza, caminando por una perpendicular. Te sonreíste con una mirada pícara y me dijiste algo en silencio. Yo entendí. De frente por el kiosco venía el novio misógino. Ella se fue con él y con un nigeriano que vendía relojes en un paraguas muy grande. Los relojes brillaban dorados con los destellos del sol amaneciente, todos marcaban la misma hora, los mismos minutos, los mismos segundos giraban.

 

Nosotros fuimos a desayunar, fue una idea tuya, te ibas en una hora a trabajar.

Llegamos a un bar estilo rococó, muy decorado con mesas y sillas redondeadas y blancas, con ornamentos de metal y paredes coral claro. Las cartas estaban apoyadas sobre las mesas, corrían dibujos verticales por las paredes de prismas negros hacia arriba. En las mesas bandejas de distintas alturas y encima de ellas todo era comida, había poca pastelería y cafetería pese a que eran las ocho de la mañana. Bajamos por el bar, buscando una mesa, por una escalera caracol, y ahí me desperté.

 

Estabas durmiendo cerca, me diste un beso en el hombro.

Luego de eso decidí no volverte a escribir, solamente porque sé que todo vacío me potencia la garganta. A veces tengo ganas de que del nudo que me queda, de todo este no-decir, se haga una pelota de tenis bien bien redonda, que se expulse de una buena vez y que por uno de esos maravillosos azares de la vida, te dé bien de frente en la jeta.