lunes, 1 de febrero de 2021

Tenis Club


 

Tu falta de pasión me da ganas de estrangular la aorta de un pollo, de que cruja entre mis brazos porque no puedo entender cómo, ante tanta entrega de amor sin escrúpulos empezás poniendo trabas. Vos y tu cuerpo son dos cosas diferentes. Y yo pienso, de mí misma, por qué sigo escarbando donde sé que no voy a encontrar más que la sombra de una mosca tornasol que se retuerce en una baba de jugo de manzana que dibuja un mapa anárquico de Europa sobre una mesa bien bien de plástico blanco, de esas de local de Lumilagro, pero puesta al lado de una pileta con reposeras rayadas con blanco y un color: amarillo pongamoslé, con caños metálicos blancos y sombrillas de colores vibrantes.

 

¡Ah! El verano, cuando chapoteabamos en la pileta y gemíamos fuerte, mucho, a la luz del sol. Yo ahora acá tan podridamente romántica y vos ahí preguntándome qué es el atardecer con gusto a protector solar.

 Yo, la yo ficcional, trata de transformar esto semiosis para que se vuelva infinita de algún modo ramdom y deje de estrangularme la garganta. Quiero besarte y darte un sopapo con hielo líquido en las manos al mismo tiempo, que todo lo que tenga que ver con el tubo laríngeo se vaya bien a cagar, junto con la paja mental de la heteronorma y todo lo preestablecido de dos divorciades que tienen miedo a vincularse. No sé si de esto va a salir amor, pero sé que ahora que escribo un diario de nosotres (en realidad de mí, con vos) me siento mejor.

 

Un día que dormimos juntos soñé que volvíamos a ese bar, que escuchó tantos argumentos muertos disfrazados en prosas de bocas flojas, chamuyeras por el alcohol, que yo misma representé alguna vez.

Encontrábamos a una chica rubia con los dientes separados y el pelo carré y un novio misógino. Creo que hay algo que compartimos y es el síndrome del seductor empedernido.

 

Yo te gané, nos fuimos juntas. Después nos encontramos de nuevo en Estado de Israel y casi iba a amanecer, ella me charlaba en la calle, tenía unos zapatos rojos acharolados bajitos y vos venías con un gorro de lana gris en la cabeza, caminando por una perpendicular. Te sonreíste con una mirada pícara y me dijiste algo en silencio. Yo entendí. De frente por el kiosco venía el novio misógino. Ella se fue con él y con un nigeriano que vendía relojes en un paraguas muy grande. Los relojes brillaban dorados con los destellos del sol amaneciente, todos marcaban la misma hora, los mismos minutos, los mismos segundos giraban.

 

Nosotros fuimos a desayunar, fue una idea tuya, te ibas en una hora a trabajar.

Llegamos a un bar estilo rococó, muy decorado con mesas y sillas redondeadas y blancas, con ornamentos de metal y paredes coral claro. Las cartas estaban apoyadas sobre las mesas, corrían dibujos verticales por las paredes de prismas negros hacia arriba. En las mesas bandejas de distintas alturas y encima de ellas todo era comida, había poca pastelería y cafetería pese a que eran las ocho de la mañana. Bajamos por el bar, buscando una mesa, por una escalera caracol, y ahí me desperté.

 

Estabas durmiendo cerca, me diste un beso en el hombro.

Luego de eso decidí no volverte a escribir, solamente porque sé que todo vacío me potencia la garganta. A veces tengo ganas de que del nudo que me queda, de todo este no-decir, se haga una pelota de tenis bien bien redonda, que se expulse de una buena vez y que por uno de esos maravillosos azares de la vida, te dé bien de frente en la jeta.

 

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