jueves, 26 de enero de 2023

Santo sepulcro a un pajarito en la montaña

 


Cuando abrí la puerta con el mate en la mano, ahí estaba. Me llamó la atención enseguida y, como no veo bien, me acerqué a mirar. En el palier, sobre la laja negra gastada por el sol, un pájaro muerto. Con los ojos chinos pegados, cerrados. Sus alas pegaditas a su cuerpo regordete, pequeño y tieso. 

Pensé qué pudo dejar a ese pajarito muerto en la puerta de mi casa. Pensé, mientras miraba la montaña y me cebaba un mate, en las veces que me tocó enfrentar la muerte. La muerte está ahí, abrís la puerta, una mañana, con un mate en la mano y está ahí. 

-"Es la naturaleza colo"-, me dijo un amigo cuando le compartí la foto del pequeño cadáver. 

El pajarito me llevó a preguntarme qué se hace con un muerto en la casa. En el palier, a la vista de todos. Qué se hace con un muerto, inerte, que espera que algo pase con ese cuerpo, aunque en realidad, ya no espera nada. Recordé la vez que me esperaron para que fuera yo quien le diera la noticia a mi ahijado de que el abuelo había muerto, porque nadie se animaba a decírselo.

Recordé también cuando años después, en esa misma casa, tras la muerte de mi abuela, nadie quería entrar a la habitación donde yacía su cuerpo, que había muerto en sueño. "Elegile vos la ropa para el velatorio, a mí me da impresión entrar" me decía una de mis tías. "Ahí ya no está mami, yo no puedo estar me descompongo" me decía la otra. 

Caminé por el pasillo, abrí la puerta y entré a la habitación. Mi ahijado estaba dentro. Con una mano sostenía su celular y con la otra la mano de mi abuela muerta. El cadáver tendido en una cama chiquita esperaba la morgue. El pajarito muerto, su vientre tieso, pero lleno de líquidos que alguna vez se movieron alimentando vida, me recordaron ese cuerpo de esa mujer que quise tanto. Cuando le toqué las manos con uñas pintadas de esmalte nacarado, estaba así: tiesa pero con líquidos dentro, un poco de presión y hacía ruido.

-"Está fría madri"- me dijo mi ahijado. -"Eso pasa con los muertos mi amor" le dije. -"Se enfrían".

No sé si el pajarito estaba frío, no me animé a tocarlo. Busqué una rama grande para hacer un agujero en la tierra en el fondo de la casa. Encontré un árbol lindo, robusto, digno de sepelio. No iba simplemente a tirar su cuerpito en la basura, ni tampoco iba a dejar su cadáver ahí horas, tomando mate como mis tías, con la habitación cerrada y el cadáver ahí. Acá no hay morgue. O al menos no una que pase a buscar un pajarito, 

Lo enterré. Lo transporté en una pala hasta su pequeña tumba y lo enterré. Santo sepulcro a un pajarito en la montaña. 

Antes de moverlo de su lecho de muerte, le saqué una foto en la laja del palier. 

Antes de tapar su ínfima tumba, le saqué una foto en su agujero de tierra. 

Una imagen de ese pajarito muerto que, volando, vino a recordarme cómo sabe la muerte en una casa de familia. 



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