Siempre lavaba los platos en una posición inestable. Parada pero como en puntas, improvisando una quinta posición enredadísima en sí misma, ensimismadisima mientras que fregaba la esponja contra un plato playo de los que le había regalado la abuela. Tenían un borde azul, de florcitas que se dejaba espiar atrás de las burbujas del detergente. Y de golpe, un nubarrón verde, de la esponja que se atravesaba entre los dedos. Eso era un rito. Un mantra que ocurría todos los días, de todos los años, de todos los veranos.
No paraba de hablar.
No paraba.
Ya no sabía muy bien con quien hablaba. A veces, la gente que la escuchaba hablar, pensaba que hablaba para ella. Por el mero gozo de querer escucharse. Por el ego, por el no sé qué de eso de la energía de la materia del cosmos.
Pensaba que era una gran oradora. Siempre sentía que tenía algo interesante para decir, para acotar, para comentar, para agregar, pero un día pensó si eso que pensaba que era interesante, sería interesante para los demás.
-Ah... los "demás"
Ahí me vió.
Me dijo - te teñiste.
Le dije - sí anoche.
- Ah, te queda lindo
- Gracias.- Contesté
Miró el plato y se quedó unos segundos mirándolo. Descruzó las piernas, aflojó los hombros y después se le escapó un suspiro. Muy largo.
Y siguió hablándome de que no sabía si en realidad a ella le quedaba bien el azul el violeta el rojo o que color porque cuando viajó a Budapest en el cuarenta y tres todos le decían ché! que lindo te queda ese color y ella no se acordaba de cual era y que le gustaría saberlo porque se siente tan sola y no sabe si llamar a Ricardo o a Mabel para que le den algun dato ellos que se acuerdan siempre de todo pero que le da cosa porque mirá qu hora es? la gente no llama a esta hora y menos por esas pavadas pero sé que mañana me voy a olvidar...
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