domingo, 8 de noviembre de 2020

Una loba blanca


 La primera vez que besé a un varón fue en una fiesta de quince. Habíamos entrado a los baños con Iván después de haber bailado las dos primeras tandas de baile juntos, buscando un espacio seguro para tomar un poco más de alcohol sin que nos viera la familia de la cumpleañera. Estábamos enfrente de los mingitorios. Él sacó una petaca de licor mariposa del bolsillo del pantalón de vestir negro. Luego la abrió y empinó la botella hacia sus labios, bebió dos tragos muy largos entrecerrando los ojos a causa de lo fuerte del alcohol quemando la garganta. Después me puso a mí el pico en la boca y levantó la botella con  su mano, arrastrando la mía, hasta que me ahogué, escupí y le llené toda la cara y la camisa de licor. Se rió. Ambos nos reímos mucho. Ahí nomás me partió la boca. Entró gente al baño y nos metimos en un box, trabamos la puerta y él se subió a la tapa del inodoro de rodillas para que nadie viera sus pies. Bebimos toda la botella completa mientras nuestras lenguas, nuestras braguetas, nuestros cuerpos se descubrían y deleitaban entre risas saboreando grappa y miel. 

Me acuerdo que ese día fue a buscarme mi viejo al quince. Eran como  las cuatro de la mañana, mi papá  venía de guardia de la comisaría y siempre se emborrachaba para aguantar la noche con los muchachos. Subí al auto y me preguntó cómo me había ido. Estaba doblado, había estacionado pésimamente el auto, olía a escabio y tenía los ojos desorbitados. Yo estaba extasiado con lo que había sucedido baño, como en trance; borracho, lengüeteado, toqueteado, roído. Estaba intentando seguir el hilo de lo que me contaba: -Hoy cubrí un operativo donde levantamos una casa de travas -balbuceaba, arrastrando un poco las palabras-, no sabes qué asco, tipos cogiendo con tipos, algunos trabucos hasta tenían los pelos y boxers debajo de las polleras, verdaderamente un asco-. 

Por un instante me imaginé a mi papá cogiéndose a un travesti de una hermosa peluca colorada, larga, con bucles, pestañas armadas y ojos pintados de azul. Una sexy lencería dorada. Seguramente sería un negro, porque tienen el culo más paradito, no tienen el problema de los pelos, la piel es brillante y tersa, muy fibrosa. Una boca carnosa con forma de corazón, la nariz ancha pero delicada. Siempre consideré que aquellas personas a las que tanto les repelen las relaciones homosexuales tienen preguntas pendientes consigo mismas. Con su propia sexualidad.

No emití sonido alguno, no quise interrumpir el locuaz relato de mi padre ni mi imagen del travesti Beyoncé. Tuve que bajar la ventanilla del auto para vomitar. Mi viejo, en vez de castigarme como cualquier padre normal, me festejó la estupidez de haberme emborrachado en el baño con mi amigo. - Muy bien Guido, muy bien hijo. Así se hace, estas son las cosas que te van a hacer crecer. Un buen hombre sabe cuándo dejar de tomar, pero primero hay que curtir el cuero- Dijo riéndose de mí show.  Frenó el auto, se rió a carcajadas, como un energúmeno. Me dijo que eso le pasaba a los pelotudos como yo que se querían hacer los pistolas tomando licor, que hay que empezar con cerveza. Que él también fue pendejo.  Que con el tiempo me iba a hacer más duro, iba a aguantar mejor la vagancia. Frenamos en una estación de servicio y me compró un yogurt. Dicen que es bueno para la resaca. En ese momento me acordé de cuando íbamos a veranear a Capilla del Monte y tomábamos helado de crema del cielo por la peatonal.  Estaban lejos esos días, desde que mi mamá se fue, cada vez nos llevábamos peor.

A veces pienso qué hubiera pasado si ahí le hubiese dicho, en ése momento de incipiente y gran descubrimiento, que me gustaban los varones. Si le hubiera contado de mi experimento sexual, de mi ampliada percepción. Supongo que no hubiese distado mucho de la reacción que tuvo cuando finalmente se enteró. 

Me acuerdo que mi viejo me había recontracagado a palos después de una discusión fuerte que tuvimos por una materia de la escuela. Era la tercera vez que me llevaba física y la segunda que repetía. Estaba en tercer año del industrial y tenía que estar en quinto por mi edad.  Tenía la cara deformada de las piñas y me sangraba un poco la cabeza. Yo también le pegué, él tampoco salió ileso, ya con diecisiete años yo media un metro ochenta y cinco. La última vez que se acercó para chantarme una trompada, agarré  de la alacena un candelabro de bronce que mi abuela ponía sobre la mesa cuando llegaba la pascua. Se lo tiré por la cabeza y él también sangró. Me puteó, me dijo que estaba completamente loco, que tenía prohibido salir de la casa hasta que no aprobara todas las materias y salió a la comisaría, tenía guardia.

Ya cansado de siempre estar en esa situación, decidí irme de mi casa. Me llevé dos libros, una muda de ropa y un tapado blanco hermoso de piel, largo hasta la rodilla que había sido de mi mamá. Los metí en una valija, agarré un par de giladas más y me fui.

Mi amigo Iván tenía a su mamá peluquera y ella lo había ayudado a hacerse drag queen. Llegaba muchas veces maquillado, trasvestido en alguna prenda o con aros a mi casa y mi papá le decía “putito”, desde su perspectiva ese era un gesto cariñoso hacia Iván. A mi amigo no le incomodaba, de hecho le daba igual, conocía a mi padre desde nuestro primer grado de escuela católica.  Iván no tenía papá. Iba a una escuela secundaria de bellas artes mixta, llena de todas las tribus urbanas del momento en su máximo esplendor: punks, cumbieros, alternativos, jipis y rollingas convivían en total armonía. Era como mi hermano y fue a quien primero visité después de la paliza de mi viejo. 

Esa noche nos emborrachamos con cerveza, fumamos marihuana y caminamos por las calles, charlando. La mamá de Iván estaba en la casa del novio y nosotros teníamos la casa sola. Nos maquillamos y nos peinamos mientras bebíamos y bailábamos. Decidimos que viviríamos juntos mucho tiempo. Salimos los dos vestidos con camisas y pantalones negros, con plataformas y tapados  a conquistar el mundo. Yo con mis pieles blancas. Maquillados, emperifollados, dispuestos a conquistar todo aquello que se nos cruce en el camino, dos estrellas de la noche, dos ninfas vagabundas en un desierto gris, austero, mentiroso y careta de cemento y adoquín. 

Encontramos a unos amigos de la escuela de Iván en la calle, a la vuelta de Cemento. Estaban inyectándose alguna cosa en la esquina de un almacén con persianas bajas sobre las que dibujaban con aerosol negro y bordó, mientras fumaban y cantaban. Uno llevaba un radiocassette donde sonaban los temas de la banda punk del momento. Iván y yo quisimos sumarnos a la experiencia. En ese momento, yo tenía dieciocho años y hacía casi un día que no pisaba mi casa. 

solo en la cama

mirando al techo

con mi bolsita

de pegamento

pero por esto

no he de sufrir

con mi bolsita

soy feliz

Me ato algo a la mitad del brazo. Aprieto, inyecto, golpeo, suelto, me tiro al suelo. Me rio a carcajadas y grito impunemente. Todo en cuestiones de milagrosos y profundos segundos. Un gusto suave y amargo se hunde en mi lengua. Titubeo, intento decir algunas palabras y caigo tendido en los brazos de mi amigo. Risas, griteríos que estallan, cervezas que van y vienen. En medio de toda la algarabía,  oímos una sirena. Luces azules y rojas giran acercándose, los chicos corren, me llevan, no entiendo, Iván me dice: - corré Guido, dale o sos pelotudo?-. Desde el patrullero escucho una voz que grita por un megáfono ridículamente pidiendo que nos detuviéramos insultándome a mí y también a mis amigos pero sobre todo a mí, por puto cagón. La voz de mi viejo retumbaba por el túnel de cemento que conformaban los antiguos edificios de la calle Estados Unidos. 

Gutiérrez, íntimo amigo de mi papá y  padrino de mi bautismo manejaba el móvil. No recuerdo exactamente si mi viejo estaba arriba o ya había bajado del patrullero, lo cierto es que yo y mis amigos pasamos la noche en la comisaría. A mí  me llevó a su oficina y trabó la puerta. Tengo recuerdos muy borrosos de este momento pero la primer imagen que tengo de cuando entré fue su cara transformada bajo la luz de tubo blanco. Agarró la macana y me golpeó obligándome a sentar en la silla.  Yo no entendía nada, lloré, me hice pis encima del miedo y él no paraba de gritarme lo cagón y puto de mierda que era, pasándome su mano gigante y áspera con fuerza por la cara para borrarme todo el maquillaje de un sopapo, su boca se movía enorme, grande y babeante sobre mi cabeza. Gordo, sacado, horrible. Traspiraba y olía a vino berreta. Me daba asco mi herencia, me daba asco él, yo, mi familia, mi vieja que en paz descanse. Y como si fuera un bat de béisbol sin parar de gritarme, agitó la macana directo a mi delicado cuello engarzado en mis pieles de loba blanca.  

Estuve tres semanas internado y seis meses con cuello ortopédico. A él lo enviaron a tareas pasivas  y a doce sesiones de terapia obligatoria. Le retuvieron el arma, pero se la devolvieron al mes. Cuando salí del hospital decidí venirme a San Pablo, con un amigo de Iván que trabaja de camarero acá. Vivo con una chica drag, muy parecida al travesti que imaginé que mi viejo se cogía antes de desbaratar esa casa de chicas en Palermo. 

Algunas veces pienso si estará vivo, si finalmente se dignó a cuestionarse alguna cosa sobre su vida, o si por lo menos, en alguna de sus noches de guardia de machotes, tuvo sexo con algún varón.  


lunes, 26 de octubre de 2020

Casi una modelo


 

Subí al ascensor y apreté el 10. Me distraje un poco mirando de reojo a la chica rubia, pero cuando vi al tipo con pinta de cana disfrazado de civil que me clavó la mirada, le saqué la vista. Una sesentona llena de botox y crema se miraba en el espejo, y un pibe con una pelota de futbol silbaba algo. Un ruido, un rechinar de hierros doloridos, y el ascensor se detuvo. Se abrió la puerta en el sexto piso. Del otro lado de la puerta automática, frente a mí, un tipo de traje blanco. Impoluto. Camisa violeta con palmeras, zapatos negros, excesivo perfume. No sé por qué presentí que algo tenía que ver con el poli de civil, me pareció ver que se saludaban (me aseguré que era un poli de civil tras la aparición de este último sujeto). El tipo de blanco subió al ascensor y yo empecé progresivamente a paranoiquearme. Se me vinieron imágenes de mi prima Nicole diciéndome todo lo mal que está vender drogas. Que yo soy una piba bien, que estoy para otras cosas, que si mis viejos se enteran, que ella no va a decir nada, pero que bueh, no le parece. No entiende que con eso me pago la Universidad, mi casa, los impuestos y todas las cosas que implican vivir dentro de un estrato medianamente decente en esta ciudad de locos.

El tipo de traje blanco me miró y sacó su celular. Tuve la sensación de que me estaba sacando una foto. El desvencijado ascensor seguía subiendo, chirriando y a mí me transpiraban las tetas de los nervios. Me abrí el cierre del top dirigiendo una muy sutil mirada seductora hacia el tipo: nunca falla. El poli de civil me miró de reojo también (fue más obvio que su compinche), con la mirada dirigida al escote. Logré distraerlos mientras sacaba mi celular y avisaba arriba que nadie saliera a buscarme. La vieja del botox bajó en el noveno suspirando y agitando un abanico. El chico con la pelota de fútbol, en cuanto se cerró la puerta del ascensor se precipitó para ser él quien comande. Presionó el cero volver ir a la planta baja y nos llevó con él. Nota mental: El ascensor no es automático. El chico bajó y también el poli de civil. El tipo de traje blanco saludó al poli de civil con mirada cómplice y le hizo un gesto con la cabeza, dibujando una leve sonrisa, pero no bajó del ascensor, siguió mirando el diario por la pantalla del teléfono y saludando de manera exageradamente simpática a su amigo. Sólo quedábamos el tipo de traje blanco y yo. Él sabía que yo vendía, de eso estaba segura.

En ese momento pensé que tomar un MD a las diez de la mañana no me hace bien, no puedo trabajar así. “La mercancía se cuida, no se consume” Richard siempre nos dice eso, a las chicas y a mí, aunque él todos los días trabaje puesto. Toqué la pantalla de mi celu para que se transforme en espejo y me corregí el labial mirando disimuladamente al tipo que cerró el ascensor y marcó el piso 3. Eran tan sólo tres pisos más abajo del piso donde subió él. Me miraba de reojo. Mis manos, recalentadas a causa del calor y de los nervios comenzaban a transpirar, se me aceleró un poco el ritmo cardíaco y sentí un escalofrío recorriéndome desde la punta de los pies hasta la cabeza, un calor agobiante, hormigas en el cuerpo, por unos instantes todo se me puso blanco y pensé que me desvanecía, me estaba bajando la presión. Por la droga, por los nervios, por el calor o por el conjunto de cosas. En mi cabeza sin parar se me abrían preguntas sobre el hecho de que el tipo siguiera en el ascensor ¿Quién se toma un ascensor que da tantas vueltas por tres pisos? ¿Por qué? ¿Ya me había visto antes en el edificio? ¿Vivía ahí? ¿Me pediría plata, una coima o era un nuevo cliente más?

Pensé que todo era absolutamente ridículo, saqué una botella de agua helada de mi cartera y la bebí casi desesperadamente, me recompuse. Me acomodé con disimulo el top y la falda que llevaba puesta. Seguro era un policía de civil, igual que su amigo, que sabía que vendo cocaína, que me venía siguiendo, que lo conocía a Richard, que me iba a hacer una denuncia, que me iba meter en cana o que quería plata. Nada estaba dispuesta a ofrecerle. Tenía que pagar la matrícula y debía tres cuotas de la facultad. Iba a hacerme la tonta a un nivel extremo, apelaría a todos mis recursos de encanto y evasión con tal de que el tipo se quedara tranquilo y me dejara trabajar.

Automáticamente toqué el botón del entrepiso para bajar a los comercios del edificio y terminar con toda esta parafernalia, subir los nueve pisos que restan por la escalera caracol externa y si el tipo me quería seguir, que me siguiera, a ver qué hacía.

Entrepiso. Anuncia el cartel de led del ascensor, se abre la puerta.

Ya en un extremo de paranoia pero intentando disimularla, encaré la puerta para bajar.

El tipo me agarró el bolso con fuerza, giré sacada conteniendo un grito, con cara de horror, recuperando mi bolso y ahí escuché su voz:

- Linda, perdón la molestia ¿Cuánto cobrás? ¿Tenés un ratito para hacerte unos pesos cosita?-.

El muy imbécil se pensó que era puta. Me di el gusto de decirle: - Sos un desubicado flaco. Y muy ofendida bajé hacia los comercios poniéndome los lentes de sol para que el brillo no me dañara las pupilas.

-Nadie puede pensar algo malo de vos rusita, mirate, rubia, despampanante, super alta, es perfecto. Sos casi una modelo - eso me dijo Richard cuando nos conocimos, para convencerme de vender merca en la facultad.

Todavía tengo que acostumbrarme a los gajes de este oficio. Quien vende no consume mientras trabaja, eso es mejor así. No puedo salir así de drogada a trabajar. Malflasho siempre.

Ya relajada, aproveché para ir a la perfumería y comprarme la tintura para hacerme las raíces. Le escribí un mensaje a Mariano, el chico del décimo A, para que me esperara un toque, que ahí le subía los gramitos que me pidió y para que le pida a Romina que es colorista que me ayude a pasarme el color porque estaba hecha una loca con esos pelos. No vaya a ser que otra vez, por estar tan desalineada estos giles de civil me confundan con una atorranta.



sábado, 17 de octubre de 2020

Un alud al Sol. (marzo, 2017)

 Que te caigas por un puente de telas negras y te alejes vos y tu rectitud mental. Yo persigo un sueño lleno de canciones que te traen acá en imágenes y hologramas.

La insatisfacción colectiva me desborda como el sesenta a la siete de la tarde.

Soy un espasmo de mujer, una cosa débil que se abre como un pollo de madrugada para ser rellenado en año nuevo.

Gracias por abrir la puerta y dejarme con una bandada de pájaros nauseabunda, titubeante y muerta saliéndome desde el pecho.

Vos vaciando tus cuerdas en otra saliva, limpiando tu sangre con otras jeringas, despuntando poemas entre otras piernas, dejándote caer y sostener por otras pieles, con esa costumbre ociosa de morirse cada vez, con esa costumbre de corroerse, de dejarse ir. 


Tengo entre mis manos tu cabeza calva y hay algo en mi que se abre al espacio. 

Me toco la cabeza y me pregunto en-qué-momento-dejé-de-admirarte.

Ya no es posible que todas las comunicaciones estén atravesadas por la chapa de tu ego.

Me mirás con algo de repugnancia y tu cola cetácea se envuelve entre los sueños.

Cooptaste en mí la ciudadanía de mi infancia y ahora te imagino siempre jugando cerca.

Un reproche careta sobre mí misma comparten en un café las vírgenes de mi memoria.

Pálidas medias de red tres cuartos rompen con mi conciencia tibia de charol. 


No quiero saber nada más de los sonidos que emergen de la rockola de tu alma, de tus pasos finos por el pasillo estrecho, que termina en una cortina de fondo con un cartelito metálico que dice Vermouth. Ponemos uno

dos limones

hielo, es digestivo.

Destruí tu tempestad gritando soda con burbujas, gritando un poco de limón ácido. 

Que se salven ahora todas las vacas de estar muertas, que cabalguen encima de dulces y perezosas arpías y que desde el fondo del mar, desde lo más profundo vuelvan implorándole con alaridos a la luna.

Yo siempre evocando criaturas de la noche.

Qué común, qué visto.

Somos tantas, tantas otras, tantas  que vamos a matarnos de sed, de sed de fuego, con el intelecto cansado con las rodillas vacías, llenas de arena del desierto, con el cuerpo pesado

con-la-boca-hecha-un-alud

Subidas todas a una pira funeraria para sacrificarnos, para inmolarnos, para dormir o, tal vez, para extinguirnos al sol.


Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno

 Tener un blog, cuando lo usaba, me obligaba a escribir, todos los días. O al menos, asiduamente. Quienes ingresen ahora, hoy, 17 de octubre, día de la Lealtad peronista a un blog, en un año de pandemia mundial como lo es el 2020, sí son leales.

Los años han pasado de la última entrada que tuve. Pero en realidad, se abrieron muchas puertas, por eso no entré más acá. En pocos años logré el status quo esperado para mi edad: Licenciada y Divorciada (lo segundo no era esperado, fue parte del devenir de los vínculos, tan peculiares hoy en día).

"Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno" dice el targo. Le digo targo porque los tangueros (onvres cis heteronormados) en su costadito de puerto en la n pregonan una r. 

Me acuerdo que pensé en ese tango cuando vi acercarse la costa desde el buquebús, volviendo casi indocumentada del Uruguay. Pero eso es otra historia. 

Volver con la frente marchita

las nieves del tiempo platearon mi sien

Sentir que es un soplo la vida

que veinte años no es nada

que febril la mirada

errante en la sombra

-me- busca

-me- nombra.

Volveré al espacio virtual para colgar la producción que leí, pululó, emigró en poemas orales, para volverse hoy prosa para mí, desahogo para mí, poesía para todes