lunes, 26 de octubre de 2020

Casi una modelo


 

Subí al ascensor y apreté el 10. Me distraje un poco mirando de reojo a la chica rubia, pero cuando vi al tipo con pinta de cana disfrazado de civil que me clavó la mirada, le saqué la vista. Una sesentona llena de botox y crema se miraba en el espejo, y un pibe con una pelota de futbol silbaba algo. Un ruido, un rechinar de hierros doloridos, y el ascensor se detuvo. Se abrió la puerta en el sexto piso. Del otro lado de la puerta automática, frente a mí, un tipo de traje blanco. Impoluto. Camisa violeta con palmeras, zapatos negros, excesivo perfume. No sé por qué presentí que algo tenía que ver con el poli de civil, me pareció ver que se saludaban (me aseguré que era un poli de civil tras la aparición de este último sujeto). El tipo de blanco subió al ascensor y yo empecé progresivamente a paranoiquearme. Se me vinieron imágenes de mi prima Nicole diciéndome todo lo mal que está vender drogas. Que yo soy una piba bien, que estoy para otras cosas, que si mis viejos se enteran, que ella no va a decir nada, pero que bueh, no le parece. No entiende que con eso me pago la Universidad, mi casa, los impuestos y todas las cosas que implican vivir dentro de un estrato medianamente decente en esta ciudad de locos.

El tipo de traje blanco me miró y sacó su celular. Tuve la sensación de que me estaba sacando una foto. El desvencijado ascensor seguía subiendo, chirriando y a mí me transpiraban las tetas de los nervios. Me abrí el cierre del top dirigiendo una muy sutil mirada seductora hacia el tipo: nunca falla. El poli de civil me miró de reojo también (fue más obvio que su compinche), con la mirada dirigida al escote. Logré distraerlos mientras sacaba mi celular y avisaba arriba que nadie saliera a buscarme. La vieja del botox bajó en el noveno suspirando y agitando un abanico. El chico con la pelota de fútbol, en cuanto se cerró la puerta del ascensor se precipitó para ser él quien comande. Presionó el cero volver ir a la planta baja y nos llevó con él. Nota mental: El ascensor no es automático. El chico bajó y también el poli de civil. El tipo de traje blanco saludó al poli de civil con mirada cómplice y le hizo un gesto con la cabeza, dibujando una leve sonrisa, pero no bajó del ascensor, siguió mirando el diario por la pantalla del teléfono y saludando de manera exageradamente simpática a su amigo. Sólo quedábamos el tipo de traje blanco y yo. Él sabía que yo vendía, de eso estaba segura.

En ese momento pensé que tomar un MD a las diez de la mañana no me hace bien, no puedo trabajar así. “La mercancía se cuida, no se consume” Richard siempre nos dice eso, a las chicas y a mí, aunque él todos los días trabaje puesto. Toqué la pantalla de mi celu para que se transforme en espejo y me corregí el labial mirando disimuladamente al tipo que cerró el ascensor y marcó el piso 3. Eran tan sólo tres pisos más abajo del piso donde subió él. Me miraba de reojo. Mis manos, recalentadas a causa del calor y de los nervios comenzaban a transpirar, se me aceleró un poco el ritmo cardíaco y sentí un escalofrío recorriéndome desde la punta de los pies hasta la cabeza, un calor agobiante, hormigas en el cuerpo, por unos instantes todo se me puso blanco y pensé que me desvanecía, me estaba bajando la presión. Por la droga, por los nervios, por el calor o por el conjunto de cosas. En mi cabeza sin parar se me abrían preguntas sobre el hecho de que el tipo siguiera en el ascensor ¿Quién se toma un ascensor que da tantas vueltas por tres pisos? ¿Por qué? ¿Ya me había visto antes en el edificio? ¿Vivía ahí? ¿Me pediría plata, una coima o era un nuevo cliente más?

Pensé que todo era absolutamente ridículo, saqué una botella de agua helada de mi cartera y la bebí casi desesperadamente, me recompuse. Me acomodé con disimulo el top y la falda que llevaba puesta. Seguro era un policía de civil, igual que su amigo, que sabía que vendo cocaína, que me venía siguiendo, que lo conocía a Richard, que me iba a hacer una denuncia, que me iba meter en cana o que quería plata. Nada estaba dispuesta a ofrecerle. Tenía que pagar la matrícula y debía tres cuotas de la facultad. Iba a hacerme la tonta a un nivel extremo, apelaría a todos mis recursos de encanto y evasión con tal de que el tipo se quedara tranquilo y me dejara trabajar.

Automáticamente toqué el botón del entrepiso para bajar a los comercios del edificio y terminar con toda esta parafernalia, subir los nueve pisos que restan por la escalera caracol externa y si el tipo me quería seguir, que me siguiera, a ver qué hacía.

Entrepiso. Anuncia el cartel de led del ascensor, se abre la puerta.

Ya en un extremo de paranoia pero intentando disimularla, encaré la puerta para bajar.

El tipo me agarró el bolso con fuerza, giré sacada conteniendo un grito, con cara de horror, recuperando mi bolso y ahí escuché su voz:

- Linda, perdón la molestia ¿Cuánto cobrás? ¿Tenés un ratito para hacerte unos pesos cosita?-.

El muy imbécil se pensó que era puta. Me di el gusto de decirle: - Sos un desubicado flaco. Y muy ofendida bajé hacia los comercios poniéndome los lentes de sol para que el brillo no me dañara las pupilas.

-Nadie puede pensar algo malo de vos rusita, mirate, rubia, despampanante, super alta, es perfecto. Sos casi una modelo - eso me dijo Richard cuando nos conocimos, para convencerme de vender merca en la facultad.

Todavía tengo que acostumbrarme a los gajes de este oficio. Quien vende no consume mientras trabaja, eso es mejor así. No puedo salir así de drogada a trabajar. Malflasho siempre.

Ya relajada, aproveché para ir a la perfumería y comprarme la tintura para hacerme las raíces. Le escribí un mensaje a Mariano, el chico del décimo A, para que me esperara un toque, que ahí le subía los gramitos que me pidió y para que le pida a Romina que es colorista que me ayude a pasarme el color porque estaba hecha una loca con esos pelos. No vaya a ser que otra vez, por estar tan desalineada estos giles de civil me confundan con una atorranta.



sábado, 17 de octubre de 2020

Un alud al Sol. (marzo, 2017)

 Que te caigas por un puente de telas negras y te alejes vos y tu rectitud mental. Yo persigo un sueño lleno de canciones que te traen acá en imágenes y hologramas.

La insatisfacción colectiva me desborda como el sesenta a la siete de la tarde.

Soy un espasmo de mujer, una cosa débil que se abre como un pollo de madrugada para ser rellenado en año nuevo.

Gracias por abrir la puerta y dejarme con una bandada de pájaros nauseabunda, titubeante y muerta saliéndome desde el pecho.

Vos vaciando tus cuerdas en otra saliva, limpiando tu sangre con otras jeringas, despuntando poemas entre otras piernas, dejándote caer y sostener por otras pieles, con esa costumbre ociosa de morirse cada vez, con esa costumbre de corroerse, de dejarse ir. 


Tengo entre mis manos tu cabeza calva y hay algo en mi que se abre al espacio. 

Me toco la cabeza y me pregunto en-qué-momento-dejé-de-admirarte.

Ya no es posible que todas las comunicaciones estén atravesadas por la chapa de tu ego.

Me mirás con algo de repugnancia y tu cola cetácea se envuelve entre los sueños.

Cooptaste en mí la ciudadanía de mi infancia y ahora te imagino siempre jugando cerca.

Un reproche careta sobre mí misma comparten en un café las vírgenes de mi memoria.

Pálidas medias de red tres cuartos rompen con mi conciencia tibia de charol. 


No quiero saber nada más de los sonidos que emergen de la rockola de tu alma, de tus pasos finos por el pasillo estrecho, que termina en una cortina de fondo con un cartelito metálico que dice Vermouth. Ponemos uno

dos limones

hielo, es digestivo.

Destruí tu tempestad gritando soda con burbujas, gritando un poco de limón ácido. 

Que se salven ahora todas las vacas de estar muertas, que cabalguen encima de dulces y perezosas arpías y que desde el fondo del mar, desde lo más profundo vuelvan implorándole con alaridos a la luna.

Yo siempre evocando criaturas de la noche.

Qué común, qué visto.

Somos tantas, tantas otras, tantas  que vamos a matarnos de sed, de sed de fuego, con el intelecto cansado con las rodillas vacías, llenas de arena del desierto, con el cuerpo pesado

con-la-boca-hecha-un-alud

Subidas todas a una pira funeraria para sacrificarnos, para inmolarnos, para dormir o, tal vez, para extinguirnos al sol.


Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno

 Tener un blog, cuando lo usaba, me obligaba a escribir, todos los días. O al menos, asiduamente. Quienes ingresen ahora, hoy, 17 de octubre, día de la Lealtad peronista a un blog, en un año de pandemia mundial como lo es el 2020, sí son leales.

Los años han pasado de la última entrada que tuve. Pero en realidad, se abrieron muchas puertas, por eso no entré más acá. En pocos años logré el status quo esperado para mi edad: Licenciada y Divorciada (lo segundo no era esperado, fue parte del devenir de los vínculos, tan peculiares hoy en día).

"Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno" dice el targo. Le digo targo porque los tangueros (onvres cis heteronormados) en su costadito de puerto en la n pregonan una r. 

Me acuerdo que pensé en ese tango cuando vi acercarse la costa desde el buquebús, volviendo casi indocumentada del Uruguay. Pero eso es otra historia. 

Volver con la frente marchita

las nieves del tiempo platearon mi sien

Sentir que es un soplo la vida

que veinte años no es nada

que febril la mirada

errante en la sombra

-me- busca

-me- nombra.

Volveré al espacio virtual para colgar la producción que leí, pululó, emigró en poemas orales, para volverse hoy prosa para mí, desahogo para mí, poesía para todes