jueves, 31 de enero de 2013

Corría un pasillo a toda velocidad. Un pasillo antiguo, un pasillo de PH. Las paredes descascaradas y el olor a humedad se pregnaba en el ambiente. En un momento dado, siente la necesidad de correr por ese mismo lugar, con un carrito de compras. El pasillo, ilimitado, largo y profundo abría sus surcos según las ondulaciones de la tierra. No se veía nada más que las paredes que la apretaban hacia los costados, como intentando impulsarla hacia adelante. De pronto, ese carrito de compras, era perseguido por una sirena de policía. La velocidad de la carrera aumenta, el pulso se acelera.
Ella sentía el miedo. El olor a miedo y a humedad la obligaba a seguir a toda velocidad por ese inconmensurable y lánguido pasillo. Ese pasillo putrefacto de arrabal. La carrera ya no tiene pausa, es imposible volver atrás. La luz disminuye y todo se tiñe de un azul profundo, cada vez más olor a humedad, ahora mezclado con el sudor que emana de la carrera. La necesidad de escapar de aquello que la persigue es más fuerte que el miedo, el miedo corre.
Inesperada puerta. No pudo frenar. Golpe, choque. Atravesó un vidrio grueso, esmerilado como las botellas antiguas. El dolor del vidrio en la carne. la carne viva atravesada por el vidrio y el metal. Las ruedas del carrito de compras, junto con su cuerpo salen despedidos por el aire. La caída. El silencio. La paz.

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