sábado, 5 de enero de 2013

Siempre sentí que mientras soñaba estaba viviendo en otro mundo. Que en esos sueños podía permitirme la emancipación de toda ley o regla y poder hacer cualquier cosa que desee.
Pero el inconsciente, a veces amigo de los niños, se presenta misterioso para los adultos y no deja de mostrarme su hilacha. Una hilacha brillante y puntiaguda, con forma de cuchillo tramontina, con dientes para apoderarse de a poco de aquello que me queda sano. O que al menos siento sano. 
Esa es la sensación de la pesadilla. La pesadilla es ese lugar en el que todos los peores pensamientos se consuman en sólo un momento y se produce una especie de pánico de que Eso sea Real. 
Es esa sensación de querer y no poder. De querer despertar, de querer golpear y que el golpe salga torpe y denso, de querer correr y que las piernas no funcionen... es ese momento en el que pienso: y sí que se vaya todo a la mierda, entonces me permito hacer cualquier cosa, cualquier cosa que sirva para salir de ahí o para desde ahí intentar cumplir mi deseo, que aparece frustrado en la pesadilla. Como aquello que está ahí riéndose en mi propia cara porque no puedo alcanzarlo.
La obstinación con la que se maneja el ser humano es increíble. Nos sumergimos en ese mundo de deseos que es a veces tan palpable y denso, tan creíble y tan doloroso. Y cuando resulta bien, tan placentero!
El sueño es ese momento en el que todos nos encontramos tan cerca de nosotros mismos que a veces todo se vuelve algo confuso, difícil de entender y hasta indescifrable. Es ese momento en el que realmente siento que mi cabeza es una especie de ensalada Waldorf que abunda en manzanas.


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