Vos, yo. Acá y allá. Tu vestidito
verde con lunares y la carrera infinita al supermercado. Entrar y
pedir. Del otro lado del mostrador se asoma un bigote, un delantal y
una sonrisa amplia y cariada.
Salimos con las bolsas cargadísimas y
tentadas de la risa. Que nos hace reir no sé, despues de tantos
años del mismo almacén, las mismas frases usadas, los mismos buenos
días y muchas gracias que tanta falta hacen en el general del mundo.
Me acuerdo mucho de las pampero de
colores, que usabas.
Las mías eran verde Benneton. Verde
veronés, verde intenso, ultraverde.
Las tuyas tenían la puntera roja, eso
me gustaba porque así se notaba menos la tierrita acumulada de las
piedras de la plaza.
Y la caca de las palomas.
El día que las palomas Me Hicieron en
la campera, te acordas? Como te reíste ese día. Yo estaba furiosa y
puteaba para arriba. Quise tirarle algo al bicho, pero me dio tanta
pena. Como Malena, que tiene pena de Bandoneón. Cantabamos esa
canción juntas, borrachas. Nos gustaba tomar un licor rancio que se
dejaba apoyar siempre en la mesita de la sala de estar de la casa del
abuelo.
Los pasillos eran inmensos y las
carreras...para mojar el pedacito de pan en la salsa y salir
corriendo.
Me gustaba jugar a la máquina del
tiempo en la hamaca del fondo. Bajar de la hamaca y el devenir del
jardin en parque jurásico. Los olores de los jazmines chinos, del
asado, del cloro de la pileta en la malla.
El olor a meo de los gatos que se
asomaban de la casa del vecino. Habia uno gris con cara de malo que
se paraba en la escalera a mirarnos cuando bajaba el sol.
Los mosquitos. Siempre nos picaban
tanto... Vos llorabas cuando te decían: Vamos! Es hora de ir a casa.
Yo también, un poco también. Y volvía a ese mundo que era tan mío,
tan íntimo, donde todo era parte de un libro, de un dibujo o de una
historia nueva, que armaba con letras y pasteles a la tiza.
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