lunes, 3 de febrero de 2014

Devenir-en-historias


Vos, yo. Acá y allá. Tu vestidito verde con lunares y la carrera infinita al supermercado. Entrar y pedir. Del otro lado del mostrador se asoma un bigote, un delantal y una sonrisa amplia y cariada.
Salimos con las bolsas cargadísimas y tentadas de la risa. Que nos hace reir no sé, despues de tantos años del mismo almacén, las mismas frases usadas, los mismos buenos días y muchas gracias que tanta falta hacen en el general del mundo.
Me acuerdo mucho de las pampero de colores, que usabas.
Las mías eran verde Benneton. Verde veronés, verde intenso, ultraverde.
Las tuyas tenían la puntera roja, eso me gustaba porque así se notaba menos la tierrita acumulada de las piedras de la plaza.
Y la caca de las palomas.
El día que las palomas Me Hicieron en la campera, te acordas? Como te reíste ese día. Yo estaba furiosa y puteaba para arriba. Quise tirarle algo al bicho, pero me dio tanta pena. Como Malena, que tiene pena de Bandoneón. Cantabamos esa canción juntas, borrachas. Nos gustaba tomar un licor rancio que se dejaba apoyar siempre en la mesita de la sala de estar de la casa del abuelo.
Los pasillos eran inmensos y las carreras...para mojar el pedacito de pan en la salsa y salir corriendo.
Me gustaba jugar a la máquina del tiempo en la hamaca del fondo. Bajar de la hamaca y el devenir del jardin en parque jurásico. Los olores de los jazmines chinos, del asado, del cloro de la pileta en la malla.
El olor a meo de los gatos que se asomaban de la casa del vecino. Habia uno gris con cara de malo que se paraba en la escalera a mirarnos cuando bajaba el sol.
Los mosquitos. Siempre nos picaban tanto... Vos llorabas cuando te decían: Vamos! Es hora de ir a casa. Yo también, un poco también. Y volvía a ese mundo que era tan mío, tan íntimo, donde todo era parte de un libro, de un dibujo o de una historia nueva, que armaba con letras y pasteles a la tiza.

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