domingo, 23 de febrero de 2014

Verano

Degustarse era uno de sus placeres mas grandes. Dibujaban siempre socarronas sonrisas mientras inspeccionaban cada centímetro de sus pieles ajenas y tan propias. Les brillaban los ojos a la luz del sol del mediodía, que entraba por la ventana, el calor permitía mantenerla abierta y la luz invadía la mayor parte sus fisonomías. Los huesos y la carne, la piel tibia y los acelerados latidos, galopantes que venían del corazón enajenado por lo bello.
Toda la eternidad se consumaba y se consumía en sus quehaceres enredados, en las luchas sublimes que deliberadamente se iniciaban y se terminaban, con suspiros belicosamente dulces, poseyéndose enteramente, tomándose y bebiéndose, como un helado de sandía y dulce de leche.






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