Degustarse era uno de sus placeres mas grandes. Dibujaban siempre
socarronas sonrisas mientras inspeccionaban cada centímetro de sus
pieles ajenas y tan propias. Les brillaban los ojos a la luz del sol del mediodía, que entraba por la
ventana, el calor permitía mantenerla abierta y la luz invadía la mayor
parte sus fisonomías. Los huesos y la carne, la piel tibia y los
acelerados latidos, galopantes que venían del corazón enajenado por lo bello.
Toda la eternidad se consumaba y se consumía en sus quehaceres
enredados, en las luchas sublimes que deliberadamente se iniciaban y se
terminaban, con suspiros belicosamente dulces, poseyéndose enteramente,
tomándose y bebiéndose, como un helado de sandía y dulce de leche.
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